Un angelito con patas. Clase. El Universal. Jueves 24 de agosto 2017

"Los ojos de un animal tienen el poder de hablar un gran idioma”.  Martin Buber

 

Hoy hace un año llegó “Pepina” a mi casa. Como muchos casos, ella fue una perrita maltratada que vivió tres años amarrada y a la intemperie.

 

Estos meses han sido de mucha transformación para las dos. Nos hemos divertido mucho: anda conmigo en bicicleta, conoció la playa y le fascinó, tiene muy buen carácter y me pongo de buen humor con tan sólo verla. Vamos al parque, me acompaña cuando doy sesiones muy calladita y también está presente en los talleres. Hasta este momento no ha habido alguien que se queje, sino todo lo contrario. Cada vez que salimos a pasear, por lo menos dos personas se acercan con ella y me dicen que tiene algo muy especial.

 

Con ella he aprendido muchas lecciones que quiero compartir con ustedes. Yo estaba buscando una hembra chiquita para cuidar y que me acompañara a todos lados, una compañera perruna. Cuando me decidí, estuve deambulando  y según yo, encontré a la ideal: una blanca y peluda que al acercarme, me ignoró. Finalmente llegué a un refugio. De pronto salió lo más feo que había visto en mi vida: tan flaca que se caía de la debilidad, la mirada de tristeza muy profunda y las orejitas maltratadas. Me enternecí y pedí que me la prestaran mientras me hacían la entrevista. Ella me olió el cuello y se acurrucó en mis brazos, gruñéndole a todo el que se me acercaba. ¡En ese momento me di cuenta que me había adoptado! Aprendí lo importante que es decretar lo que deseamos en emociones y no ponerle envoltura. Así nos abrimos a todas las posibilidades que existen y que ni siquiera habíamos considerado y que pueden ser mejores de lo que imaginábamos.

 

Durante un mes estuve observándola y me di cuenta que su mejor incentivo, más que premios, era que la apapachara y así la fui educando. Hoy incluso me da mucha risa que cuando vamos a pasear y se cansa, me agacho, le hago piojito y es como gasolina, ¡sale corriendo a toda velocidad!

 

Me ha enseñado que la vida es más sencilla de lo que creemos. Todos los días hacemos el mismo recorrido y ella sale emocionada como si fuera la primera vez. Vive el presente y se asombra con todo. Y la última lección que me encantó fue en el parque hace unos días. Yo estaba pensando en cómo conseguir un dinero para un curso que quería tomar. En eso Pepina empezó a jugar a que yo la persiguiera. Entre más corría atrás de ella, más lejos se iba y de pronto me senté en una banca y ella solita vino conmigo. Fue la respuesta que estaba buscando: cuando queremos algo y lo tratamos de “cazar”, más trabajo nos costará alcanzarlo. Por el contrario, si nos detenemos y confiamos, las cosas llegan…

 

En resumen, las dos hemos contribuido a darnos una mucho mejor calidad de vida. Sin duda me ha ayudado a ser mejor persona. Si tienes alguna mascota, te sugiero que te des tiempo de calidad con ella, es una gran escuela. Y si estás pensando en tenerla, no lo dudes ¡adopta!

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