Cada quien con su paquete. Clase. El Universal. Jueves 6 de julio 2015

“Con la libertad viene la responsabilidad. Para la persona que no está dispuesta a crecer, la persona que no quiere llevar su propio peso, esta es una perspectiva aterradora.” Eleanor Roosevelt.

 

Por lo general tendemos a querer resolver la vida a los demás. Cuando vemos a alguien que no puede, casi en automático corremos en su ayuda porque nosotros sí sabemos la solución e insistimos en dársela a toda costa.

 

Esto puede originarse por distintas razones: desde un genuino amor por el otro y un deseo de evitarle sufrimiento, debido a que nosotros ya pasamos por ahí, hasta por control o arrogancia, porque creemos que somos los únicos que tenemos la sabiduría para hacer las cosas mejor.

 

Lo que es cierto es que de ninguna manera estamos haciéndole un favor  a  alguien, sino todo lo contrario.

 

Por un lado la responsabilidad trae poder. Por otro, es muy importante que confiemos en que cada uno de nosotros es capaz de resolver cualquier obstáculo o situación en la que nos encontremos.

 

Pongamos un ejemplo: Una madre o un padre que se da cuenta que su hijo va a cometer un error que le va traer consecuencias muy negativas. El deseo natural es “hacerle la tarea”, para evitar el dolor.  Aquí es muy fácil entender la actitud paternal, sin embargo  al hijo le impide crecer y fortalecer su proceso de madurez.

 

Y esto sucede en todo tipo de relaciones: pareja, familia, amigos, trabajo…

 

Por más que tratemos de justificar estas acciones, la realidad es que estamos tomando un lugar y una carga que no nos corresponden.

 

Entonces, si la responsabilidad nos da poder, cada vez que se la quitamos  al otro, le restamos su propio poder y acabamos responsabilizándonos de más porque en el fondo nos sentimos mejores.

 

Además, cada vez que tomamos el paquete de una persona, estamos dejando el que nos pertenece, porque es imposible cargar con dos a la vez. Esta tendencia se debe a que no hemos sido capaces de resolver nuestros asuntos. No al revés, como pensamos. ¿Suena aterrador? Lo que sucede es que es mucho más fácil ver el problema afuera.  

 

Te invito a que reflexiones y que confíes en que cada quien tiene la fortaleza necesaria para asumir lo que le toca -eso es verdadero respeto hacia el otro ser humano- y que te preguntes qué te falta a ti por resolver y que te impulsa a cargar lo que no es tuyo.

 

Si te das cuenta que es genuino tu interés por ayudar, acuérdate de la frase que dice “no le des el pescado, mejor enséñale a pescar”.

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